
Lo he pensado siempre.Amo el Blues.
Desde que un día que escuche a Albert Collins, tocando su guitarra Telecaster, perdido, bañado de sudor y tan cerca de sí mismo, que todavía me da escalofríos.
Música negra, de esclavos, de gente jodida, desprotegida, sola, dolida, que carga muertos, discriminación, celos, un perro muerto y el gozo hasta el cielo, hasta dar a luz al gospel, al jazz, al mismísimo rock y el pop, sin avergonzarse de haber nacido en un campo de algodón, huérfano y sin libertad.
Gracias a Dios, ni las universidades lo recogieron, como al jazz por ejemplo.
Sigue siendo de la calle, el de la noche de borrachera, el que escupe las groserías con las manos llenas de tierra.
Llámese John Lee Hooker, Albert King, Hendrix, Koko Taylor, Robert Johnson, Sony Terry, Robben Ford, hasta Lemmy Kilmister de Motorhead.
En fin, el color no importa, lo que si importa es que el Blues sólo puede ser después de la muerte en casa, del abandono, la enfermedad, los reveses de la vida, el Blues madura como el whisky que se tomaba Janis Joplin.Sólo entonces.
Los niños tocando Blues, no podrían ser más que prodigiosos y risibles.
Por eso amo al Blues, por viejo, cabrón y callejero.
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